lunes, 6 de diciembre de 2010

El caso de Benicio Fuentes

Permítanme contarles el caso de Benicio Fuentes.
Benicio era un muchacho joven con una irónica particularidad: carecía por completo de alguna seña particular. Es decir, no era bajo, pero tampoco era alto. No usaba el cabello corto, pero no podía decirse que lo usara largo. No usaba lentes ni tenía cicatrices. No llevaba lo que se dice barba, pero tampoco parecía recién afeitado. Sus ojos eran oscuros y sin brillo, pero no eran del todo inexpresivos. Al hablar no era aburrido, pero no llegaba en ningún momento a ser cautivante. En fin, Benicio era casi un misterio, uno nunca sabía lo que pasaba por su cabeza, pero tampoco se preocupaba por averiguarlo. Y así transcurrían sus días, pasando de un anonimato a otro, sin lograr dejar en nadie un recuerdo vívido.
Imagínense mi sorpresa el día que lo vi por la calle y lo noté diferente. Estaba yo parado en la vereda de enfrente, así que aproveché el que no me hubiese visto, para observarlo y ver si notaba que era lo que me resultaba extraño en él.
Lo seguí con la mirada hasta que llegó a mitad de cuadra. Entonces comencé a sentirme mal, apenado y no me quedó más remedio que apurarme para alcanzarlo.
-¡Benicio!- lo llamé de un grito cuando me di cuenta de que iba a tener que correr para alcanzarlo. Se detuvo.
-¿Qué haces, Mariano, tanto tiempo. Cómo andas?- Me saludó con un abrazo y allí caí en la cuenta de que no había podido descubrir que era lo que hacía que Benicio se viera tan distinto.
-Todo bien, yendo a trabajar, ¿Vos seguís por esta calle?- Tardé en responder
-Si, vamos si querés.- Respondió él bastante rápido.
Caminamos durante un par de minutos que parecieron horas. A cada paso que daba me sentía más cansado. Después de dos cuadras me empezó a doler la cabeza, así que le sugerí a Benicio que nos sentásemos en el café que había en esa esquina. Eso hicimos.
Me desabroché el segundo botón de la camisa y me disculpé para ir al baño. Luego de mojarme la cabeza me sentí mejor y regresé a la mesa.
-Sabes que me debe haber bajado la presión o algo por el estilo.- Comenté.
-Dos cafés.- Dijo Benicio dirigiéndose al mozo que justo pasaba por al lado mío. Yo asentí con la cabeza y puse mis manos sobre mis sienes.
-Ahora me voy a tener que pasar todo el día tomando pastillas.- Protesté mientras me sentaba. Benicio no dijo nada.
Después de sentarme, ya más tranquilo, se me ocurrió preguntarle como andaba.
-Y… no estoy bien.- Dijo él con sequedad.-Estoy triste por una mujer que se ha ido.-
Me quedé perplejo, a tal punto que me mantuve con la boca abierta el tiempo suficiente para que él se cansara de esperar mi respuesta.
-Era una mujer muy especial ¿Sabés?.- Continuó –Hacía que la vida fuese mucho más linda, todo el tiempo.-
Yo quería decirle algo, pero no sabía que. “¡Ahí está!” Pensé. Eso era lo extraño, Benicio estaba triste y lo expresaba todo el tiempo, con todo su ser. Supongo que antes no me había dado cuenta, preocupado por mi propio dolor de cabeza, pero ahora que lo pensaba tenía sentido. Su forma de caminar, cansina y pausada pero con pasos bien largos, como si en el fondo quisiese escapar de un mal momento pero no le alcanzasen las fuerzas. Sus silencios, hasta su forma de mirar y como entrelazaba sus dedos en una actitud de reposo. Todo era tristeza.
-Hay un árbol en el que ella solía sentarse, ahora ese árbol no florece.- Reanudó lo que parecía una especie de relato, no me prestaba atención ni me miraba. Era como si hubiese estado hablando para si mismo.
-También cantaba una canción muy bonita, que ahora cuando la escucho, suena como un lamento desgarrador.- Balbuceé unas sílabas inconexas y guardé silencio. Él prosiguió.
-A veces comíamos naranjas juntos. Pero ahora las naranjas no resultan ni siquiera agrias, más bien astringentes. Su risa… como extraño su risa.- Hizo una pausa.
-Es como si toda el agua del mundo no pudiese calmar mis ganas de estar con ella.-
En ese punto casi lo interrumpí por causa de unas fuertes nauseas que comencé a tener. Me sentí un pésimo amigo por no poder asistir como hubiera querido a la situación que me exponía Benicio. Me habría encantado darle alguna palabra de aliento, pero en ese momento en lo único que podía pensar era en lo mucho que me dolía el estómago, la cabeza y en el mareo que tenía.
-Disculpame, Benicio, me voy a ir para casa porque me siento muy mal.- No esperé su respuesta y me levanté, agarré mi abrigo y salí a buscar un taxi. Llegué a escuchar mientras salía, que Benicio seguía hablando solo.
-La angustia es tan grande y tan poderosa…-
Lamenté una vez más no haber podido ayudar a mi amigo.
Llegué a casa y me acosté, avisé que no iría a trabajar y me preparé un té. Llamé al doctor de urgencia y lo esperé acostado. Tardó dos horas en venir. Tiempo durante el cual padecí, a demás de mi malestar físico, el aburrido empate a cero entre Platense y Ferro. Cuando el médico llegó se lo dije.
-Más de dos horas llevo esperando…-
-Si, ya lo se pero ¿Qué quiere que haga yo?¿Ha visto todos los casos que hubo hoy?- Lo miré confundido.
-Usted tiene ese virus que le provoca nauseas y mareos ¿No?.-
-Si…- Respondí tímidamente.
-¿Y no escuchó nada?- El doctor me miró y se acercó al aparato de televisión. Puso un noticiero.
-Todo la mañana llevan hablando de eso, parece que es un virus que se debe haber pasado por el agua, pero no encontraron nada todavía.- El doctor continuó.
-Los de Aguas Provinciales dicen que en el agua no hay nada malo pero ¿Qué van a decir? Con todos los casos que hubo, todos en la misma zona, no se van a poder zafar.-
Volví a quedar perplejo. El noticiero decía que en el día se habían reportado no menos de diez mil casos y mostraban imágenes de la zona de alcance. En esas imágenes pude reconocer perfectamente mi barrio, el bar en el que me había sentado con Benicio, el almacén donde él trabajaba y el edificio en el que él vivía. Todos los otros lugares estaban entre medio de los anteriores. Y entonces lo recordé.
-La angustia es tan grande… y tan poderosa.-

Primavera, 2008

2 comentarios:

Master Blender dijo...

Maravilloso y sorprendente hasta el final

Celina dijo...

No sé porqué, pero todo el tiempo pensé en Javito...