martes, 7 de abril de 2009

EL PALACIO DE NATHANIEL

Suele el hombre crearse sus propios laberintos. No siempre consciente de ello, su corazón se lo dicta y a medida que lo escucha, el hombre siempre hace caso omiso de la razón. A la cual acude más tarde a pedir explicaciones que lo lleven a resolver su camino hacia fuera. Cómo hará el hombre, para encontrar con la razón, un camino que lo saque de un laberinto construido de sentimientos y pasiones que poco siguen cualquier tipo de lógica? Imposible, jamás lo encontrará. Dará mil y una vueltas, perdiéndose y reencontrándose una y otra vez en cada conclusión que saque. Diciéndose y desdiciéndose, porque en cada pensamiento encontrará un poco de ilusión, un poco de verdad, un poco de duda y otro poco de certeza. Solo escapará por los medios que funcionan con las mismas reglas bajo las cuales creó el laberinto, o sea siguiendo el camino que sus pasiones y sentimientos le indiquen.
Es como la historia de Nathaniel, quien creyó construir un palacio para su amor y se encontró un día, encerrado en un laberinto del cual no podía encontrar la salida. Lo cual es más complicado de lo que parece, porque los sentimientos no tienen un modo claro de expresarse. Tienden a ser contradictorios y ambiguos, precisamente por lo cual no se puede obrar sobre ellos con lógica o razón. Su corazón era un interlocutor compulsivo, nunca paraba de decir las cosas que sentía, y el desconcertado individuo se vio obligado a caminar a tientas por los altos pasillos que había construido para su propio laberinto. Son altos porque así necesitaba que fueran en un principio, para que pudiesen contener todas las emociones que el corazón le generaba. Y encuentra allí que los imponentes muros que construyó para celebrar su amor se han convertido en su prisión de confusiones. Ni un centímetro más bajas que cuando el mismo las trazó con regocijo, pero si más opacas, más apagadas y frías. Mucho más hostiles, hacen flaquear su voluntad en cada recoveco. Y se pregunta cómo dejó que las paredes crecieran tan altas y tan fuertes, se lamenta, porque le duele no encontrar la salida, pero no se arrepiente, no puede arrepentirse, porque esos muros le dan razón a su vida y desea resolver el camino que lo lleve fuera del laberinto. Y desea también que ese camino, le enseñe que hacer una vez que esté afuera, porque en ese momento, el no sabría que hacer, lo desespera saber que si estuviese mirando al laberinto desde el exterior, tendría que volver a meterse. Porque todo lo que el necesita, está allí ahora, dentro de su tortuosa prisión.
Nathaniel deambula por los pasillos del palacio que creó para su amor, navega ciego en una tormenta de sentimientos, en un océano en el cual no cambian las mareas, más que en su corazón. Canta dentro de esas paredes, canciones que le ayudan a seguir adelante y a veces derrama lágrimas que le nublan los ojos y lo hacen detenerse. Cuando logra enjuagarlas echa una mirada a su entorno, reviviendo una vez más, todos los recuerdos que adornan las paredes y suelos de lo que un día fue su obra más preciada y hoy es hogar de su agonía. Porque el no quiere quedarse allí, ni está seguro de querer salir. Se mueve como un ánima en el purgatorio de sus propias emociones y espera el día en que su corazón tome una decisión o el tiempo le arranque todo lo que le queda, excepto sus sentimientos.