martes, 14 de febrero de 2012

TRISTE ENCANTO

Allí, donde sus manos no podían alcanzar, donde el recuerdo se escondía inaccesible a las emociones, allí donde están todas las penas que no pudieron ahogarse; en ese lugar esperaba la Luna. Tierna, con su velo de humedad cubriendo un rostro de angustia ensombrecido, expectante. Nunca pensamos, cuando miramos a la luna, que ella nos mira también a nosotros, que se emociona con nuestra visión, que nos admira, que a veces se enoja cuando brillamos más que ella, cuando piensa que no nos importa. La Luna y su cruel condena, atadas la una a la otra, embelleciéndose mutuamente, torturándose, contando una verdad tras otra, que ayuden a construir una nostalgia doble, amar por anhelar. Allí donde las manos no alcanzan a las emociones, donde una mirada debe decir lo que dicen mil palabras, la Luna espera en silencio, lloran sangre las grietas de su corazón roto, que late y hace vibrar sus labios partidos, porque entre sus dientes aprieta las lagrimas que desearía no llorar. Siente lo que siente al vernos aquí tan lejos, tan indiferentes, tan callados, tan fuera de su alcance. Y nosotros la observamos, brillando, a veces un poco, a veces como el fuego. Siempre nos ofrece su brillo, su humilde y nocturna iluminación, y nosotros que la vemos sufrimos, triste encanto, porque no podemos comprenderla.

1 comentario:

Horacio Boriotti dijo...
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